7/12/07

Detalles

El agotamiento se había vuelto una razón más para perder la vida.
Sin fuerzas, golpeó contra el filo de una brillante puerta transparente y casi sin desearlo entró al edificio.
Todo parecía nuevo, aunque cada día había estado ahí. Las personas iban y venían, y el abrirse paso no era tan complicado.
El aire se volvió más pesado, dejando de entrar generosamente al cuerpo, el calor se volvió insoportable.
Un par de giros, algún tropezón, y una escalera apareció en medio de una pared que reflejaba el alma. Un escalón se convirtió en reposo, y el frío del mármol pareció atenuar la presión que la sangre ejercía, que pareciera intentar romper cada vena, cada vaso de su cabeza. Los ojos se volvieron una carga, y el reposo, un recuerdo.
El borde de una moquet, parecía un destino lejano, tan solo a un par de escalones más arriba. El primer piso daba comienzo a un nuevo mundo donde las pautas seguían siendo las mismas, y donde nada podía hacer que el tiempo dejase de ser una carga que atraía su cuerpo al gigantesco suelo.
Ya no podía soportar el movimiento de su cuerpo, y se dejó de enfrentar la vida por un instante.
Su masa corporal se convirtió en un bólido hacía una pared cercana, pero antes de que se cuerpo tocara el suelo, como antes había sucedido en la escalera, una ventana cercana pareció ofrecerle un regalo que hasta ese momento no había deseado.
El contacto fue inevitable pero silencioso. El suelo casi flexible, o la delicadeza y la suavidad que la habían acompañado desde joven, transformaron el momento en una prolongación del silencio que cargaba a cuestas.
Respiró. Abrió los ojos por última vez e hizo que su alma casi revolotease los pocos metros que la separaban de la ventana con todo el dolor que significaba moverse.
Cerró los ojos.
Sintió como iba perdiendo el control sobre si misma.
Dejó de sentir
Dejó de respirar.
Su cuerpo sin vida se apoyó sobre el cansado marco de la ventana, pero no fue suficiente para impedir una caída.
Su cabeza pareció marcarle rumbo a su cuerpo, que casi giró completamente antes de salir del edificio.
Quizás nadie adivinase la imagen guardada en sus ojos. Quizás nadie se preguntase cuan pesado era el aire que había guardado en sus pulmones.
De seguro no. El mundo es muy rápido para detenerse en detalles.
Quizás nadie notaría su hermoso cuerpo en la calle ese mismo día.
Nadie
Porque, ¿quién se pregunta de que mueren las mariposas?

Los inmigrantes


Los inmigrantes habían llegado a la isla hacía muchisimos años. Viejos pescadores, soñadores compulsivos, amantes del buen vino y de las noches despejadas, habían aprendido a querer sus costas, a respetar sus aguas traviesas, y a condimentar respetablemente sus peces.
Todos sabemos lo que pasa con las migraciones. Familias separadas, sueños rotos y sueños nuevos. Vidas quebradas, nuevos comienzos, todo se mezcla. Todos sabían a lo que se enfrentaban, excepto uno.
Nadie lo había notado al subir, escondido vaya a saber uno en que caja, en que valija, o quizás, simplemente deslizándose por el suelo, a oscuras, sin que nadie lo notase, sin que nadie se sorprendiese de verlo.
Cuentan los más viejos que todavía era joven cuando encontraron la isla, y se cree que justo donde el pasaba las tardes, mirando el atardecer, era donde su barco había apoyado la quilla, después del naufragio. Los viejos sabían que el capitán del Reflejo era obstinado, y que había prometido llevarlos a todos a un nuevo mundo, donde pudieran escapar de la peste.
Sin embargo, nadie sabe por qué él, siendo tan joven se atrevió a cruzar el océano sólo. Lejos de todo lo que había conocido, se atrevió a echar raíces en la isla, y a enfrentar una tierra arenosa que sus parientes nunca conocerían. El agua salada lo hacía más fuerte, y el sol lo tornó más oscuro, sin embargo, nunca dejó de mirar un atardecer en esa playa. En ese mismo lugar.
Los más viejos le tenían cariño, admiraban la fortaleza que el tenía. A pesar de las lluvias, el rendía tributo al sueño que ellos habían tenido hacia muchos años al llegar a esa tierra, y los más jóvenes solían ir a jugar con él. No se molestaba por nadie, no lo inquietaba nada. Permanecía perdido en sus atardeceres, en sus amaneceres, en sus días y en sus noches. Era más joven que los viejos, y más viejo que los jóvenes, pero él seguiría ahí muchísimo tiempo después de que los jóvenes dejaran esas playas en busca de otros destinos, con sus mujeres y sus hijos. El moriría sobre la misma arena sobre la cual se había enraizado, sólo, sintiendo afecto, y brindando sombra a quien se sentase bajo el tronco del viejo y retorcido árbol de la playa.


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