
Los inmigrantes habían llegado a la isla hacía muchisimos años. Viejos pescadores, soñadores compulsivos, amantes del buen vino y de las noches despejadas, habían aprendido a querer sus costas, a respetar sus aguas traviesas, y a condimentar respetablemente sus peces.
Todos sabemos lo que pasa con las migraciones. Familias separadas, sueños rotos y sueños nuevos. Vidas quebradas, nuevos comienzos, todo se mezcla. Todos sabían a lo que se enfrentaban, excepto uno.
Nadie lo había notado al subir, escondido vaya a saber uno en que caja, en que valija, o quizás, simplemente deslizándose por el suelo, a oscuras, sin que nadie lo notase, sin que nadie se sorprendiese de verlo.
Cuentan los más viejos que todavía era joven cuando encontraron la isla, y se cree que justo donde el pasaba las tardes, mirando el atardecer, era donde su barco había apoyado la quilla, después del naufragio. Los viejos sabían que el capitán del Reflejo era obstinado, y que había prometido llevarlos a todos a un nuevo mundo, donde pudieran escapar de la peste.
Sin embargo, nadie sabe por qué él, siendo tan joven se atrevió a cruzar el océano sólo. Lejos de todo lo que había conocido, se atrevió a echar raíces en la isla, y a enfrentar una tierra arenosa que sus parientes nunca conocerían. El agua salada lo hacía más fuerte, y el sol lo tornó más oscuro, sin embargo, nunca dejó de mirar un atardecer en esa playa. En ese mismo lugar.
Los más viejos le tenían cariño, admiraban la fortaleza que el tenía. A pesar de las lluvias, el rendía tributo al sueño que ellos habían tenido hacia muchos años al llegar a esa tierra, y los más jóvenes solían ir a jugar con él. No se molestaba por nadie, no lo inquietaba nada. Permanecía perdido en sus atardeceres, en sus amaneceres, en sus días y en sus noches. Era más joven que los viejos, y más viejo que los jóvenes, pero él seguiría ahí muchísimo tiempo después de que los jóvenes dejaran esas playas en busca de otros destinos, con sus mujeres y sus hijos. El moriría sobre la misma arena sobre la cual se había enraizado, sólo, sintiendo afecto, y brindando sombra a quien se sentase bajo el tronco del viejo y retorcido árbol de la playa.
Telefon Tel Aviv – Sound In A Dark Room
1 comentario:
Bueno che, me pasó lo mismo que con el otro cuento, ja. Me gusta mucho ese toque de sarcasmo y de iornía.Un abrazo.
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